Allá por 2020, una notable bajante en las aguas del lago del dique El Frontal, en Santiago del Estero, dejó a la vista vestigios de lo que fue hasta 1966 un pueblo, Villa Río Hondo, que llegó a contar con unos 500 habitantes, escuela, iglesia, destacamento policial, una biblioteca creada en 1917, oficina de correo postal, sala de primeros auxilios, cementerio, y una plaza que era el principal centro de actividad y reunión social.
Sí, allí donde hoy se ve un horizonte de agua que no parece tener fin, existía hasta hace 50 años un poblado surgido hace unos 400 años, que era cabecera departamental desde que el 27 de enero de 1880 el entonces gobernador santiagueño, Pedro Gallo, lo designó de tal manera.
Cada 26 de marzo el pueblo, que hoy se ubica sobre la ruta provincial 93, a poco de ingresar a Las Termas de Río Hondo, recuerda lo que se dio en llamar “El éxodo de la vieja villa” o “El desarraigo riohondeño”. Ese día, se procedió al traslado en procesión de la imagen de Nuestra Señora del Pilar hasta la ubicación actual de la villa. Ese día, el sacerdote estadounidense John Bradford (de la Congregación de los Misioneros de Nuestra Señora de La Salette) encabezó la procesión portando una cruz y posteriormente ofició la santa misa. De la iglesia pudieron llevarse algunos otros elementos, entre ellos las antiguas campanas. Las pertenencias de los lugareños fueron trasladadas en lo que había: sulkys, camionetas, carros, zorras o en los brazos. Muchos también recuerdan un Ford “a manija” que el gobierno santiagueño puso a disposición para trasladar a la gente.
Algunos pobladores, al igual que otros de caseríos vecinos, ya había iniciado el desplazamiento en 1962, diez años después de que lo que fueron primero rumores de lo que habría de concretar “La Corporación Río Dulce” pasaron a ser una contundente realidad. Ya por ese entonces, ingenieros y técnicos dominaban la escena. Muchos habitantes se quedaron en el lugar hasta último momento: pese a ser notificados por los gobiernos nacional y provincial, ninguno creía que el agua habría de avanzar sobre sus posesiones, pese a que un año antes de la inauguración de la presa sus responsables lo habían asegurado. A la resistencia le ganó el agua. El desarraigo también lo sufrieron pobladores de parajes como La Bajada de Ato, Jumericuna, El Manantial, Isla de los Castillos, Puesto La Chilena, La Fragua, Tinco (actual Colonia Tinco), entre otros.
“A mediados de la década del 60, el Estado provincial mandó a expropiar 17.000 hectáreas para construir las colonias de Villa Río Hondo y Tinco, ya que debían dar respuestas a quienes tenían que abandonar la zona que sería inundada por una imponente obra”, recordó José Jiménez, un historiador de Río Hondo.
Una de la vecinas que debió hacer el éxodo, Juliana Díaz, habitante de la villa ya fallecida, contó en una producción documental de la Universidad Nacional de Santiago del Estero el tremendo episodio de cuando llegó el agua e inundó el cementerio. “La bóvedas empezaron a quedar sumergidas, los cajones empezaron a ser llevados por la corriente. Intentamos recuperarlos en medio de la noche, no pudimos. Terminamos tropezando con los muertos”.
Pueblos fantasmas: las leyendas populares de Villa Río HondoFabiana Díaz, presidenta de la biblioteca “Mariano Moreno”, recordó: “a lo que pasó lo vivo porque en esa caminata venía mi padre. La imagen de la procesión, encabezada por la Virgen del Pilar y una cruz de madera portada por el padre Juan Bradford, quedó grabada como símbolo de aquel triste adiós. Hablé con gente de ese momento, a quienes les costó mucho desprenderse de sus cosas, de su lugar. La tristeza lo invadía todo”.
Forma de horno de barro
Los cobertizos, con forma de horno de barro, a los que fueron llevados los pobladores eran de chapa y de fibrocemento. No tenían paredes, ni electricidad y estaban ubicados en medio del monte. Ni siquiera se habían diseñado calles donde fueron emplazados y los terrenos eran de 50 metros por 200. La promesa de comodidades en sus nuevos hogares contrastó fuertemente con la realidad. Lo que sí tenían era agua, que procedía de un pozo, surgente y potente, según se recoge de testimonios. El agua salía donde estaba el antiguo destacamento de la policía, y a metros estaba un bebedero. Desde ahí los vecinos recogían el agua en toneles, tachos y bidones, y también daban de beber al ganado.
Eduardo Carrizo escribió hace algún tiempo cómo bajó un poco el malestar general ante la situación producida por el éxodo. “El gobierno le otorgó a las familias créditos para construir viviendas, que pagarían a través de planes especiales de pago. De esta manera, a medida que los pobladores edificaban sus hogares, también construían su nueva ciudad. Finalmente, luego de distintas reuniones sociales, se organizaron, conformaron un comisionado, y comenzaron a construir caminos, espacios públicos, e instituciones”.
Pueblos fantasmas: Villa Epecuén, las ruinas de un balneario de épocaEl tiempo ha pasado, pero la memoria de aquel suceso no se apaga. Hasta dio espacio a historias fabulosas. Como la que cuentan por ejemplo sobre el edificio de la vieja iglesia rodeada de eucaliptos, ya bajo el agua, que aguantó en pie unos 20 años. Se dice que su cruz se pudo ver por un buen tiempo en medio del avance de la inundación. Y que hoy, según relatos de los lugareños, suele verse ocasionalmente desde ese lugar una luz fugaz que emerge desde las profundidades.